La selección Vinotinto importa. Hay curiosidad por conocer sus pasos, su integración, y por tratar de dar en el clavo adivinando su destino. Hay entusiasmo, aunque tibio, porque después de las esperanzas y la debacle en ruta hacia 2026, ya se han levantado por encima del sueño colectivo las infaltables precauciones.
Los aficionados no conocen a Oswaldo Vizcarrondo, el recién estrenado técnico nacional. Bueno, digamos que en general, porque los del fútbol sí sabemos de quién se trata: hombre serio y dedicado. La Federación Venezolana, que a pie juntillas también sintió el rigor de la amarga derrota, le ha encomendado la empinada empresa al joven entrenador, y es ahí, por cierto, donde crecen las dudas. ¿No es muy chamo, no es muy inexperto con equipos grandes? Esas son las incertidumbres, y además, su equipo de trabajo está integrado por gentes llegados desde otros confines, extranjeros con sobrada experiencia pero que no están al tanto “de qué tamaño es la herida” del jugador venezolano…
Por eso es que la andadura hacia el Mundial de 2030 no deja de ser una aventura. Vizcarrondo y sus hombres de apoyo todo lo harán, dejarán el sueño pensando en las soluciones para el grupo de jugadores, pero eso quizá no alcance.
Conversábamos en días pasados con algunos amigos, y observábamos que, aunque hay que admitir que el fútbol venezolano ha hecho progresos, también que esos avances son en relación al país y no en el contexto suramericano pues lo demás también lo hacen; y si no, ¿por qué entonces seguimos en el mismo lugar? El camino es largo y el tiempo es prolongado. Oswaldo Vizcarrondo tendrá tiempo para saber “dónde es que van los clavos y los tornillos” y adecuar sus visiones a los jugadores a mano. El entrenador dará lo mejor de sí, y Venezuela se aferrará a un Mundial que alguna vez se pintará en la lejanía. “La fe mueve montañas” dicen por ahí…
Sentado a la mesa de un cafetín, Manuel Plasencia sigue sintiendo el perfume del fútbol. Ya no entrena equipos, pero no le pierde pisada al carrusel del movimiento universal. “Las selecciones de Suramérica van a sentir en el Mundial el ritmo de los europeos”, opina el experimentado hombre de fútbol.
“Se está jugando a una velocidad incesante; yo creo que ese ritmo puede traer problemas para el corazón. Cuando un jugador va al banco luego de un cambio o cuando termina un partido, casi se siente el latido de su corazón”. Dice Plasencia que se está llegando a límites insospechados del aguante humano, “y me preocupa, sobre todo, la selección de Colombia. Muchos de sus jugadores están en equipos de elite, pero como conjunto mantienen aquella manera de jugar de su pasado”.
Nos vemos por ahí.
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